Jesús y la Samaritana, enseñanza en Juan 4:5-43

Jesús y la Samaritana, un pasaje bíblico que nos muestra una vez más la humildad y misericordia de Dios para cada uno de sus hijos. En este artículo te ofreceremos una reflexión amplia sobre todo lo que debes saber sobre este pasaje, y que quizás, no conocías. Si te interesa entender más profundamente este pasaje bíblico, continúa leyendo.

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Jesús y la mujer samaritana

Jesús y la samaritana, como comentábamos inicialmente, es un pasaje bíblico, que nos muestra la humildad y misericordia de Dios, y nos invita a acercarnos a él para ya no “sentir más sed”.

Jesús, se dirigía a Galilea, y para lograrlo, debía atravesar cierta ciudad de Samaria conocida como Sicar, en donde uno de sus hijos, Jacob, había edificado un pozo inmenso y bastante profundo. Sus discípulos, habían ido a comprar comida, cuando de pronto, se acerca una mujer, a la cual Jesús le pide que le de agua de beber.

Cabe destacar, que esta mujer era samaritana y se asombra cuando Jesús se dirige a ella, puesto que Samaritanos y judíos no solían llevarse bien o tratarse de ninguna manera, además, era mujer, y de por sí, las palabras o deseos de estas para los hombres no eran tomados en cuenta.

Alguna vez se han preguntado ¿qué significa realmente “mujer samaritana”? Mujer samaritana es la mujer que “roba maridos en un lugar pequeño” y cree encontrar la felicidad en los placeres sexuales.

Jesús y la samaritana, nos hace reflexionar sobre dos cosas: primero, que Jesús quiere que le conozcamos, y que sigamos y creamos de corazón y sin cuestionamientos en su palabra y ejemplo, y segundo, que es nuestro deber como buenos cristianos ayudar a otros a que también le conozcan y beban del agua viva que nos ofrece, para que entonces, ya no tengan más sed tampoco.

El “agua” a la que hace referencia Jesús, representa el hecho de acercarse a él de manera pura, honesta y dispuesta de corazón. La fuente de “agua viva” es Cristo, nuestro Señor, y todo, quien beba de él, es decir, de su palabra, entonces no tendrá más nunca sed.

El agua viva que Dios nos ofrece también se refiere a la gracia del espíritu santo que recibirá todo aquel que crea y lo acepte como su señor y salvador.

Dios todo nos da, y siempre nos reconforta, nos alienta y lucha nuestras batallas. Cada vez, que tenemos un momento difícil, es Dios, quien está a nuestro lado y mediante su palabra nos da la fortaleza y nos recuerda que su amor es infinito y su omnipotencia y omnipresencia no tienen límites.

La mujer samaritana, aun confundida, continúa, y le pregunta ¿cómo piensa sacar el agua? Ya que el pozo es bastante grande y hondo, pero gracias a Jacob, de dicho pozo han logrado beber sus hijos y ganados, y calmar su “sed”.

Jesús, sabiamente, le dice que cualquiera que bebiera de tal pozo continuaría teniendo sed y la necesidad de ir nuevamente por más agua. La mujer, más extrañada aun por su comentario, le pide saber entonces cómo conseguir esa “agua viva” para ya no tener sed.

La mujer samaritana pudiese representarnos a cada uno de nosotros, porque en realidad, no tenemos claros lo que somos, pues permítannos decirles aclararles quienes son (parafraseando a nuestro Señor): cada uno de nosotros es imagen y semejanza de Dios, hijos de Dios y siervos de Dios.

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Dios, es trino y a lo largo de la historia ha venido relacionándose con cada uno de nosotros, sus hijos amados. Ya lo dijo una vez Aristóteles: los seres humanos somos seres sociales, por tanto, necesitamos de otros, y la única y verdadera relación que existe (y tenemos) es el amor.

Estamos creados a imagen y semejanza de Dios porque hemos sido creados para amar y para ser amados. Sin embargo, muchas personas no han sido amadas, y eso, ha generado personas traumatizadas.

Las burlas, los maltratos, insultos, rechazos, y miles de cosas más, nos van afectando a lo largo de nuestra vida, nos van dejando heridas, unas físicas y visibles, y otras, más profundas aun y sumamente difíciles de sanar, las llamadas heridas del alma, aunque no podamos apreciarlas, están allí, nos cambian y hacen viciosos.

Los vicios no son únicamente el alcohol, el cigarrillo o las drogas, también está el vicio del sexo, la gula, la envidia, la mentira, entre otros. Y estos no son más que el reflejo, refugio y escape de una persona herida y traumatizada. No se justifican estas acciones o conductas, simplemente, no debemos juzgar, sino más bien orientar y aconsejar a quien lo necesite.

En algún punto, hartos de los vicios y las mentiras, buscamos “limpiarnos”, nos tallamos el cuerpo y eliminamos la piel muerta, pero ¿cómo hacemos para limpiar el alma? ¿para sanar nuestras heridas?

Es por eso que Jesús, hace la referencia en el episodio de Jesús y la samaritana, que quien beba de ese pozo tendrá nuevamente sed, porque se convierte en un círculo vicioso de placer, vicio, culpa, e intentar limpiarnos y liberarnos de todo ello, y como no ocurre, nos sentimos frustrados y volvemos al vicio o al placer, sentimos nuevamente culpa y volvemos a empezar de nuevo.

En ocasiones, son tantas las heridas que en un intento de escapar de ellas empezamos a mentirnos a nosotros mismos, diciendo que no nos afecta o que no nos importa, cuando en realidad nos destruye el alma y va armando una coraza en nuestro corazón.

Mentimos tanto, que ya no sabemos diferenciar ¿qué es mentira y cuál es la realidad? Incluso, nos convertimos a nosotros mismos en una mentira. Nuestra vida, “amigos”, visión de vida. Ese aparente positivismo y felicidad eterna, no son más que una fachada, un intento de no ser tan evidentes, de resguardar una dolorosa verdad, pero que por más que intentemos, sigue allí, latente.

Por eso Dios, nos ofrece de su agua viva, para que dejemos de adorar falsos dioses, seguir falsos profetas, y empecemos a escuchar de una vez y de manera clara y consciente su palabra, que es la fuente divina y eterna para nuestra verdadera salvación, es la fuente divina y eterna para limpiar nuestros pecados y ser verdaderamente felices.

Continuando con el episodio bíblico de Jesús y la samaritana, Jesús le dice a la mujer que vaya y buscase a su marido y luego volviese al pozo, la mujer, le contestó a Jesús que no tenía marido, y Jesús, le dijo entonces, que había respondido con la verdad, porque ella no tenía marido, de hecho, había tenido cinco maridos, y la mujer comprendió entonces, que Jesús era profeta, era el mesías del cual ella había escuchado que vendría a profesar todo lo que Jesús le estaba diciendo en ese momento.

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La mujer samaritana, aun conmocionada, y a pesar de haber reconocido a Jesús como profeta, se atrevió a preguntarle como si ellos y sus padres habían adorado a los dioses en dicho lugar, como este se atrevía a decir que donde debían adorar era en Jerusalén, y además, a un Dios que para ellos, era falso.

Esta mujer samaritana nos da una valiosa lección, sin saberlo, era una mujer sumamente religiosa, una samaritana comprometida, ¿a qué nos referimos? Ella nos demuestra, que sabía mucho de religión, fijémonos en los detalles:

  • Sabía que los samaritanos eran distintos de los judíos.
  • Sabía que vendría un mesías.
  • Le dijo a Jesús “tú eres un profeta”.

Le preguntó a Jesús ¿dónde debían adorar a Dios? ¿En el monte de arisim como ellos creían o en Jerusalén como afirmaban los judíos? Jesús nos dice que el lugar no importa, siempre y cuando le adoremos en espíritu y en verdad.

Si yo tengo fe, eso es lo que realmente importa; la mujer continúa diciendo, que en el pueblo están esperando por un mesías del que todos hablan. Ella se refiere a Jesús, el ungido de Dios.

Según la mujer samaritana, todos en el pueblo esperaban a este mesías para que les dijera que era lo que había que hacer. Para su sorpresa, Jesús, le hace una gran revelación y le dice: “Yo soy el mesías”. En el evangelio de san Juan esta es la primera vez que Jesús se manifiesta como un mesías.

Quizás, muchos se pregunten ¿cómo se va a manifestar Jesús primero a una mujer? Recordemos entonces el episodio que habla de su resurrección, Jesús se manifestó primero a una mujer, María Magdalena, quien, además, era también una mujer de mala vida según la Iglesia.

Para ese momento, María Magdalena ya se había convertido, y estaba demostrando más fe y devoción que todos los demás que los demás hombres judíos. Mientras los apóstoles estaban escondidos, María Magdalena fue al sepulcro, y al verlo vacío, se sorprende y Jesús se le manifiesta ya resucitado.

Jesús había perdonado todos sus pecados, había dejado en el pasado su mala vida, y lo único que le importaba en ese momento era su fe y su amor hacia él.

Es por ello que Dios, decide manifestarle como Mesías primero a otra mujer de mala vida, porque sabe que puede obrar el ella y transformarla. Y al haber leído su corazón, finalmente, le cree y lo reconoce como Profeta.

En ocasiones, con la religión, tratamos de ser y de “saber mucho” sobre religión, pero no estamos en una verdadera relación con Dios, porque nuestro corazón está herido y seguimos en los mismos vicios, llevando la misma vida, sin convertirnos. Esto ocurre porque no permitimos que Jesús habite nuestro corazón y lo sane desde adentro como solo él sabe y puede hacerlo.

La ciencia hincha, pero el amor inflama, dice el Monseñor Roberto Sipols, perteneciente a la Iglesia de la Asunción y Santa Rita, en nuestra hermosa Valencia, Venezuela; No hace falta hacer mucho, sino amar mucho. No nos enfoquemos en “saber”, sino en permitir que Dios habite en nuestro corazón.

Jesús y la samaritana reflexión: ¿De qué nos valen los títulos? ¿De qué nos vale hacer mil cursos para decir que somos…? ¿De qué nos vale asistir cada domingo a la santa misa? ¿De qué nos sirve “adorar a Dios”?

De que nos sirve todo eso, si en realidad, continuamos permitiendo que las heridas nos hagan caer en los mismos vicios y no permitimos que Dios sane nuestras heridas. Reflexionemos sobre ello, y preguntémonos, ¿de qué nos sirve todo eso?

Seamos sinceros con nosotros mismos y preguntémonos ¿de qué valen las apariencias? Sigamos el ejemplo de la mujer samaritana y quitémonos las caretas. Seamos sinceros con nosotros mismos, admitamos, que nuestro corazón se ha endurecido con las experiencias amargas.

Aceptemos, que somos seres humanos y cometemos errores. Que somos seres humanos, y pecamos. Arrepintámonos entonces y pidámosle a nuestro señor Dios Padre Todopoderoso que nos limpie y que nos sane.

Jesús y la samaritana, nos enseña también, que para la mujer, ese lugar, con el pozo, representaba algo muy especial para ella. Era ese espacio, que le permitía estar retirada de todos, sincerarse consigo misma y sacar todas sus frustraciones

¿Cuantas veces, ese “pozo” no lo hemos llenado con agua salada por tantas lágrimas cuando nos han roto el corazón? Pero seguimos sedientos, porque ese tobo con el cual recogíamos el agua no podía más que quitarnos la sed de nuestra boca, pero no nos quitaba el vacío y el dolor de nuestro corazón.

Dios, quiere una relación contigo, no religiosa, sino más profunda. Dios quiere habitar en tu corazón, verte sonreír, ser feliz y disfrutar de una vida plena.

Como seres humanos, y carentes de afecto, evitamos admitir que nos han lastimado, e intentamos, ocultar nuestro dolor con la religión y temas triviales, ¿seremos capaces de realmente ser completa y enteramente sinceros con nosotros mismos?

Si nosotros lo permitimos, Dios, nos dará “agua viva”, ¿qué genera esa agua viva en nosotros? Veámoslo con un ejemplo. El agua viva que Dios nos ofrece es como una ola inmensa, que llega, nos toca y nos revuelve, nos limpia hasta lo más profundo de nuestro ser. Es un agua que nos sana y luego eso, no somos los mismos.

Esa agua viva es el amor de Dios. Ese amor que quiere sanarlo todo, que quiere entrar dentro de ti para poder sanar tus heridas. Ríndete ante él, coméntale a Dios sin miedo que te aquieta, que te perturba, que te hace sufrir, porque él está allí, al lado de ti, sentado en el pozo, esperándote a que vayas hacia él.

La Cuaresma, está mal entendida. No es un momento en donde tú cambias por un instante, pero ¿y el resto del año? Dios, en la cuaresma quiere que le busquemos y nos convirtamos de corazón. Entonces, ¿cuál o cuáles son los mensajes que Dios nos quiere dar durante la cuaresma?

  • Que nos permitamos ser encontrados por Dios, así como lo hizo la mujer samaritana.
  • No busques caminar al lado de Dios con el rebaño, permítete que él te sostenga como a una de sus ovejas, y por último,
  • Dejémonos llevar a casa (la casa del Padre).

¿Cómo Dios sanó a la mujer samaritana? Con la religión más pura y simple que existe: el cristianismo. Dios, es el padre, y esto significa, que Dios es amor, y a Dios, hay que adorarlo, espiritualmente y con sinceridad; Una relación sincera y abierta con Dios, dejarnos amar por nuestro Señor, esa es toda la religión, no hay más.

Los hombres, son los que han inventado normas, maneras, textos, nombres (cristianos, evangélicos, testigos de jehová, entre otros), peleando por cosas tan absurdas como el “verdadero nombre de Dios”, el cómo celebramos la misa, y creemos tener la verdad absoluta, cuando la única verdad absoluta, universal e irrefutable es que Dios nos ama a todos por igual y busca tener una relación con nosotros.

Dios nos pide que compartamos con otros la alegría de tener una madre y un padre espiritual. Que aclamemos a nuestro hermanos que Dios es nuestro Padre y la Santísima Virgen María es nuestra Madre. Entenderlo, es muy simple.

Si Dios es nuestro Padre, entonces todos los demás son mis hermanos. Y si yo soy amado, lo lógico, es que yo también ame a los demás. Esa debería ser nuestra única religión, simple, solo que nos empeñamos en hacerla tan complicada, cuando Dios, es tan simple como el agua.

La mayor prueba de que Dios nos ama es que siendo nosotros pecadores envió a su hijo a morir por nosotros. Entonces, siéntete amado y no dudes de que Dios siempre está contigo. Permítele que llene tus vacíos y que sus olas de amor vengan sobre ti. Busca el silencio, y en ese silencio, sincerarte con Dios.

Jesús y la samaritana: Los discípulos de Jesús habían vuelto con la comida, y vieron al maestro Jesús y la mujer samaritana conversando, sin embargo, no hicieron pregunta alguna, y la mujer, se retiró a su pueblo.

Al llegar allá, les comentó a los hombres lo que acababa de vivir y los invitó a que fuesen al pozo, porque al parecer se había topado con Jesús, el mesías, y estos, así lo hicieron.

Los hombres de su pueblo obedecieron a la mujer samaritana porque sin querer evangelizó a otros, contando su testimonio y diciéndoles que debían ir a conocer a aquel hombre porque le había dicho todo lo que ella había hecho, y el verla de gozo y no amargada, fue motivo suficiente para correr a conocer al mesías, quien los evangelizó durante dos días continuos.

Los discípulos, estaban intentando que Jesús probase bocado, pero este, se negaba y les decía (aquí va otra lección) que él tenía un “alimento” que ellos no conocían, este “alimento” era que se cumpliese la voluntad de su padre, quien lo había enviado y que pusiera fin a su misión.

Cuando una persona ha tenido un encuentro íntimo con Jesús, ya no necesita agua de charca, es decir, de los placeres mundanos (placeres sexuales), sino seguirle conociendo y escuchar su palabra.

El profeta Jeremías nos hablaba de “pozos agrietados”, que no retienen el agua, y es por eso, que dejan más “seca” a la vida. Y se preguntaba ¿por qué no había conocido a Jesús antes? En vez de vivir en pozos agrietados.

En Jesús y la samaritana, podemos apreciar claramente los pasos de la conversión. En primer lugar, Dios, se sienta en el pozo y se presenta frente a la mujer samaritana, y es él, quien se presenta a sí mismo (inicialmente) como un necesitado y le pide que le regale un poco de agua.

San Agustín dice: “Nosotros nunca hubiésemos encontrado a Dios, si Dios no nos hubiese encontrado antes”. Esto es lo que teológicamente se conoce como “la gracia”. La gracia, es un favor no merecido, esto nos lleva a la siguiente pregunta:

¿Qué merecimiento tenía entonces aquella mujer para que Jesús se hubiese acercado y que además fuese la primera según el evangelio de San Juan a quien se le revelara Jesús como un mesías?

En realidad, no tenía nada especial. Algo que debemos entender es que todo lo que sucede con nosotros en nuestra conversión en gracia, muchas veces el señor nos fue a encontrar cuando nos encontrábamos buscando agua del charco, lejos de él, y quizás, hasta le hemos contestado de mala manera, pero Jesús siempre sabe cómo valerse de cualquier circunstancia, y es esto lo que se llama la gracia.

Cuando la persona siente esa gracia, siente un gozo grande, y entonces, siente el deseo de compartirlo. Ya no tenemos miedo de contar nuestro testimonio de como el señor nos ha cambiado la vida.

En ocasiones, nos inflamos el pecho diciendo que hemos sido nosotros quienes hemos encontrado a Jesús, pero siempre, es Jesús, quien nos encuentra a nosotros. Dios es el protagonista de esta historia, no nosotros, nosotros somos sus siervos, sus hijos, quienes deben adorarle y obedecerle.

Dios, es el que provoca la conversión, es Dios, quien provoca el agua de vida eterna, y esa agua de vida eterna ahora lo entendemos como recibir el espíritu santo por aquellos quienes creen en él.

En la Iglesia católica, son muchos los que no evangelizan, y aunque sean sumamente religiosos y estén comprometidos, si no evangelizan es porque no ha experimentado un auténtico encuentro con Dios, y por tanto, no ha habido una verdadera conversión.

Entonces, la persona, puede ser muy religiosa, pero no está convertida. Los fariseos, por ejemplo, eran religiosísimos, los fariseos, conocían de pies a cabeza la escritura, incluso, hacía muchas obras buenas, pero no estaban convertidos, porque no había cambiado su corazón.

Si no experimentamos un encuentro personal con Dios, entonces todavía no han recibido el agua de vida eterna del espíritu santo, y el espíritu santo es el único que cura, que limpia, que tiene la capacidad de cambiar nuestra mente y corazón. Entender esto es importantísimo, tanto a nivel personal como comunicarlo.

Comunicarlo es la señal que nos confirma que hemos recibido la gracia del espíritu santo. Sentir la necesidad de comunicar lo que hemos vivido, como hemos cambiado, y querer ayudar a otros a que también Jesús los encuentre, lo conozcan, lo glorifiquen, lo adoren y lo sigan.

Si tenemos personas importantes debemos comunicarles y hablarles de Dios y de su obra en nosotros, sin embargo, debemos estar preparados para que nos respondan con desprecio, rabia o rechazo, como lo hizo la mujer samaritana con Jesús. Pero nuestro deber es continuar.

Parte de vivir esta conversión es aprender a personarnos a nosotros mismos. Todos tenemos un pasado, nadie escapa de ello, mucho menos podemos cambiarlo, pero lo que sí podemos es perdonarnos y permitirnos una nueva oportunidad para transformar nuestra vida y hacer las cosas diferentes.

¿Cómo podemos saber si no nos hemos perdonado aún? Porque continuamente vivimos reprochándonos por lo que ya pasó, cuando Dios, nos dice claramente en su escritura, en Jeremías 43:25 que no nos acordaríamos de ninguno de nuestros pecados, sin embargo, nos acordamos todos los días, a cada hora, a cada instante, y nos reprochamos una y otra vez.

Si la mujer samaritana no se hubiese perdonado a sí misma, no se hubiese transformado. Dios, no le importan nuestros pecados, él no nos juzga, y lo que realmente le importa es que le amemos, que estemos dispuestos a cambiar, a ser y actuar de manera distinta y demostrarle nuestro amor y devoción.

Dios le interesa nuestra confianza y amor hacia él, no nuestro pasado, entonces ¿por qué nos empeñamos en auto castigarnos por ello? Perdonémonos con gozo, y con ese mismo gozo, compartamos nuestro testimonio, evangelicemos a otros.

El Señor salió de Judea y se fue otra vez a Galilea

Jesús y la samaritana: Jesús, al inicio de su ministerio había estado un largo tiempo en Judea, y esto no lo decimos nosotros, esta información está revelada y fue recopilada por otros tres evangelios.

Durante el tiempo que Jesús estuvo en Judea, San Juan Bautista, junto a los demás discípulos de Jesús se dedicaron a bautizar a todos aquellos Israelitas que decidieran arrepentirse de corazón y quisieran seguir el camino de Jesús. Es importante destacar que Jesús evangelizaba, más no bautizaba, esta era tarea de sus discípulos.

Con el paso del tiempo y del aumento de sus creyentes, ocurrió lo inevitable: llegó a oídos de los fariseos que había un hombre llamado Jesús del cual todos hablaban y afirmaban que era el mesías, el hijo de Dios, de un Dios que ellos llamaban verdadero.

Para ese momento, Jesús si bautizaba a las personas, incluso, se dice que bautizaba más Israelitas que todos sus discípulos juntos, incluido San Juan Bautista.

Está de más decir, que esta situación llegó inevitablemente a los fariseos, sin embargo, eso era parte de la voluntad de Dios, parte de la misión que Dios había encomendado a su hijo unigénito.

Esta situación, era comentada con cierta preocupación, puesto que los fariseos no aceptaban a ningún dios que no formase parte de su creencia, además, la popularidad que ganaba Jesús era cada vez más notoria y estaba generando demasiados cambios, el principal, la conversión de muchos Israelitas, y por supuesto, esto era inaceptable.

A ningún líder Judío o fariseo había tomado de buena manera la popularidad que ganaba este supuesto mesías y uno de sus discípulos: San Juan Bautista. Su influencia en el pueblo era tanta que solo generaban rabia y preocupación entre estos supuestos “líderes religiosos”.

Esta evangelización que estaban logrando Jesús y sus discípulos fue tan solo el inicio del plan y la voluntad de su padre, Dios todopoderoso y misericordioso. Jn 1:25-27 nos anuncia que el mismo Jesús había dicho que alguien más poderoso que él estaba por revelarse a todo su pueblo y demostraría su poder y de lo que era capaz.

No es de extrañar, que esto fuese una alarma inmediata para los fariseos y demás líderes religiosos, pues hasta ahora, no habían conocido un dios o dioses que fuesen más poderosos que los que ellos conocían y adoraban.

Es claro, que la preocupación de los fariseos y demás líderes religiosos provenían de sus corazones, porque muy en el fondo, entendían perfectamente, que la popularidad y creyentes de Jesús y de este nuevo Dios les haría perder el control que mantenían sobre su pueblo. Su popularidad e influencia en su gente se veía amenazada por un hombre, en apariencia, igual a otro, pero que en definitiva, sabían que era un verdadero profeta, sabían, que Jesús, era el verdadero hijo de Dios y que sus palabras no eran en vano.

En vista de este temor de los hombres y de que sabía lo que implicaría. Jesús, decide abandonar Judea, ¿el motivo? Jesús sabía que si se quedaba en aquel lugar, un enfrentamiento entre los líderes judíos, los fariseos y sus discípulos, creyentes y su persona, sería inevitable, y ese, no era el tiempo.

No era en ese momento, en que debía desarrollarse ese enfrentamiento, el cual representaría el primer paso para cumplir la voluntad de Dios. Jesús, en su sabiduría, prefiere retirarse de Judea, no sin antes haber evangelizado a casi todo el pueblo. Por supuesto, habían personas que aún no creían, sobre todo las mujeres.

En realidad, el tema con las mujeres era un poco distinto, porque muchas aunque creían, no lo manifestaban, puesto que estas debían someterse a sus maridos y la creencia de estos, y bajo ningún concepto debían cuestionarles, ni revelarse, por lo que antes de irse, Jesús, decidió ir en compañía de María Magdalena y sus demás discípulos a profesar a una aldea donde las mujeres abundaban.

Al inicio, solo murmuraban sobre Jesús, el mesías, lo habían reconocido de tan solo verle, pero Jesús, María magdalena y sus discípulos continuaron con paso firme. Y empezaron a profetizar a todas las mujeres de la aldea.

Por supuesto, al principio estaban temerosas, dudaban y no entendían como mientras los hombres las mantenían sometidas, este hombre, e incluso otra mujer les decían que podían ser libres si así lo quisieran.

La presencia y participación de María Magdalena en este episodio fue vital para lograr que la mayoría de las mujeres (por no decir todas) dieran un paso importante y se hicieran libres, siguieran a su corazón y escucharan a Jesús con atención.

Luego de unas horas, la mayoría de estas mujeres le pide a María Magdalena que las bautice en el nombre de ese Dios que aunque no conocen, creen en él. Y María Magdalena, con el permiso de su maestro Jesús bautiza durante horas a estas mujeres en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.

Jesús, María Magdalena y sus discípulos, se retiran entonces a las montañas, para apreciar por última vez su pueblo, antes de continuar. Aunque saben que parte de su trabajo está hecho, deben continuar antes de volver allí y que se produzca el enfrentamiento inevitable.

Para llegar a Galilea, les era necesario pasar por Samaria. Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo y rato después, al medio día para ser más exactos, apareció una mujer con baldes para sacar agua. Esta mujer era, la mujer samaritana.

Con la mujer en el pozo

Antes de entrar en materia y analizar este episodio bíblico a fondo es importante destacar un aspecto sobre los samaritanos. Lo primero, es comprender su ubicación geográfica.

En el Nuevo Testamento o en cualquier atlas de este notaremos que en aquellos tiempos donde Jesús habitó la tierra lo que actualmente conocemos como Palestina, se encontraba dividida en tres grandes regiones: Judea, por el lado sur, Galilea, por el lado norte, y Samaria, que se encontraba en la zona central, es decir, en el medio de ambas.

El segundo aspecto que resaltaremos, es que estas “divisiones”, no solo eran a nivel geográfico, sino a nivel de sus culturas, creencias y religiones. De hecho, las diferencias sumamente notorias y marcadas tanto a nivel cultural como religioso entre judíos, galileos y samaritanos.

Por ejemplo, el origen de los samaritanos viene dado a partir de que muchos judíos comenzaron a mezclarse con personas de diversas culturas, razas y nacionalidades. La historia de los samaritanos y su origen podemos encontrarlo en 2 R 17:24-41. Más allá de la mezcla cultural, cada uno de ellos poseía distintas prácticas y dioses diversos que adoraban en cada una de sus culturas.

Estos versículos nos expresan una historia que inicia cuando el Rey de Asiria luego de conquistar el norte del reino quiso deshacerse de Israelitas trayendo a su pueblo personas de Jamat, Babilonia, Sefarvayin, Ava y Cuta.

Su intención esto, era, según él, que estos habitasen la región de Samaria, ¿recuerdan? Era una misma Palestina pero dividida en tres regiones. Al principio, cuando recién se estaban estableciendo estas personas de diferentes ciudades se negaron a adorar a Dios, continuaban adorando a otros dioses y como castigo, Dios les envió manadas de leones que hicieron estragos en la región.

Desesperados, le hacen llegar la noticia al Rey de Asiria, pero ni él era capaz de comprender ¿por qué estaba ocurriendo todo esto? Su única respuesta fue que no sabía lo que le intentaban decir ante tal masacre.

En un intento por resolver esta situación y “contentar” a sus dioses falsos, deportó a muchísimos judíos a sus tierras. Entre estas personas que habían sido regresadas a su país, habían capturado a un varios sacerdotes, sin embargo, uno de ellos llamó la atención del Rey y exigió que este regresase y le enseñara a su pueblo a adorar a Dios.

Al pasar algún tiempo, los judíos regresaron a Babilonia y empezaron a reconstruir templos, y luego, la ciudad. Lo curioso, es que los habitantes de Samaria fueron quienes se opusieron a dichas obras, ¿un poco absurdo, no? (Esd 4).

Como era de esperarse, cada cultura, a pesar de que habían aprendido a adorar a Dios continuaban con sus prácticas y adoraciones propias de sus culturas, adorando a doses falsos, en otras palabras, desafiando a Dios.

Cada ciudad, estableció unos dioses en los cuales creer, y colocaron a cada uno de estos en sus respectivos lugares de “adoración” donde incluso, hacían sacrificios para “adorarles”.

Los habitantes de la ciudad de Babilonia hicieron a Sucot-benot, los habitantes de la ciudad de Hamat edificaron Asima, y los de Cuta alzaron un templo a Nergal.

Por su parte, los habitantes de la ciudad de Sefarvaim quemaban a sus propios hijos y los ofrecían como sacrificio en fuego para adorar a los dioses Adramelec, Serafin y Anamelec. Los habitantes de la ciudad de Aveos, adoraban más bien a los dioses Tartac y a Nibhaz.

¿Se imaginan? Palestina, dividida en tres regiones, y además, cada una se apega a su propia cultura, creencias y Dioses. Esto, por supuesto desató la ira de Dios.

Decían temer a Jehová, como solían llamarle construyeron templos en las montañas más altas donde sacrificaban a sus propios hijos, honraban a dioses de acuerdo a su propia cultura, y a pesar de todo eso se atrevían a decir que temían a Dios (para ellos Jehová).

Solo fue cuestión de tiempo para que edificaran templos para adorar a dioses falsos y olvidaran el pacto que habían hecho con Jesús. Edificaron el templo de Gerizim, aunque también, decían haber aceptado la revelación de Moisés, sin embargo, rechazaban completamente, los textos del Antiguo Testamento.

Judíos y samaritanos no se relacionaban entre ellos y en Jn 4:9 podemos apreciar porque. Y estas diferencias, no eran solo culturales, en realidad, su no trato entre estas ciudades se debía a un odio que se había apoderado de sus corazones y les impedía ver a los otros como sus hermanos.

Su odio mutuo era tan grande que Jn 8:48 nos dice que los judíos creyeron haber insultado a Jesús llamándole samaritano, y le acusaron de tener un demonio dentro de él. Dijeron esto producto de su ignorancia y de no creer que Jesús era el hijo de Dios, sino que atribuían sus poderes, milagros y obras a un demonio.

Sin embargo, Jesús, siempre con dulces y sabias palabras les respondió diciendo: que en él no habitaba demonio alguno, que su poder provenía de alguien más poderoso que él (Dios Padre Todopoderoso) y que solo estaba cumpliendo con la voluntad y la misión que le había sido encomendada.

Incluso, consecuencia de su ignorancia, terminaron por arrojarle piedras a Jesús por glorificarse a sí mismo, y según ellos, creerse más que su padre Abraham.

 Lógicamente, esta actitud no era exclusiva de los judíos, los samaritanos recibían con insultos a los judíos cuando estos atravesaban su región.

Como hombres, somos poco tolerantes con quienes no comparten nuestras creencias y no es una debilidad actual, podemos constatar que esto es así desde el inicio de los tiempos.

Hay un acontecimiento específico que no podemos dejar pasar, y es que cierto día Jesús decidió enviar a sus discípulos a una aldea que se encontraba en Samaria para que preparasen unos preparativos, sin embargo, los samaritanos se negaron a recibirles porque estos tenían aspecto de “venir de Jerusalén”.

El evangelio de Lc 9:51-56 nos dice que discípulos se sintieron ofendidos y se dejaron llevar exigiendo a su maestro Jesús que un fuego que cayese del cielo y consumiese a los samaritanos, pero Jesús, les sermoneó recordándoles que el hombre vino a salvar las almas de otros hombres y no a juzgarlas y perderlas, así que simplemente decidieron ir a potro pueblo.

La tensión entre judíos y samaritanos era tal que si un judío quería ir de Judea a Galilea, debía cruzar el río Jordan, luego, bordear Perea hasta el lado norte, donde finalmente debían cruzarlo nuevamente y así poder llegar a Galilea.

Evidentemente, este no era el camino más rápido, ni el más corto, pero era la única manera que tenían para evitar atravesar Samaria sin que se generase ningún tipo de problemas, situaciones desagradables u hostiles.

Entendiendo todo esto, ahora sí, entremos en materia. Habías comentado al inicio que Jesús, junto a sus discípulos para evitar el enfrentamiento con líderes religiosos y fariseos decidieron retirarse a Galilea.

Por supuesto, llegar hasta allá, implicaba tener que atravesar Samaria, o bordear el río, llegar al norte y hacer el proceso “normal” como cualquier otro judío. Pero Jesús, no actuó como un judío común, pero, ¿cuál era su motivación entonces? ¿por qué no atravesar el río y evitar conflictos? ¿por qué insistía en atravesar Samaria?

Jesús, como maestro, hijo de Dios y mesías, sabía que era necesario pasar por Samaria para lograr hacer algo grande allá. Tenía una misión clara, así que había que hacerlo a pesar de ser conscientes de cómo les recibirían.

Esta actitud de Jesús nos demuestra que parte de esa necesidad tenía una intención más grande capaz de ser comprendida por los hombres. Esta decisión era parte de la misión divina que le había encomendado su padre y que esta mujer samaritana en especial requería.

Jesús cansado del camino, se sentó así junto al pozo

Jesús junto a sus discípulos llegaron a lo que algunos creen que pudo haber sido la ciudad de Siquem. Digamos a modo general que estaban en Samaria, en una ciudad de esta denominada Sicar.

Un dato curioso que nos revela Gn 33:18-19 es que Jacob, hijo de Isaac y Rebeca, había comprado un terreno cerca de Siquem, y de hecho, en ese mismo terreno fueron sepultados los restos de José (Jos 24:32) por lo que se asume que la región “exacta” o más lógica a la que habría llegado Jesús con sus discípulos era Siquem.

Sin embargo, no hay manera de comprobar esto hasta ahora. No existe seguridad absoluta sobre que la ciudad de Sicar fuera en realidad la ciudad de Siquem, por lo que es simplemente una teoría. Para comprobar o desmentir esto sería necesaria una nueva investigación por parte de los arqueólogos y que estos avanzaran en sus investigaciones anteriores.

Dejando un poco las teorías, vayamos a los hechos. Se dice que Jesús se sentó al pozo para descansar del largo viaje. Se dice, que probablemente este estaba más cansado que sus discípulos, por lo que este se quedó sentado en el pozo, mientras sus discípulos fueron a comprar comida.

Otra razón por la cual Jesús decidiera quedarse sentado en el pozo era porque sabía que la mujer samaritana vendría y prefirió abordarla sola para que no se sintiera temerosa o señalada entre tantos hombres.

El esfuerzo a nivel espiritual para enseñar, y sobre todo, sanar a otros no debe ser nada sencillo, por ello, es que Jesús se agotaba mucho más que sus discípulos. Sin embargo, esto nos demuestra que la naturaleza humana de Jesús era real.

Él, al igual que cualquiera de sus discípulos u otra persona, sentía hambre, sed, frío, dolor, tristezas, alegrías… Y por supuesto, agotamiento, pese a ello, se mantuvo firme en la voluntad que le había encomendado el padre y soportó toda humillación y agonía para salvarnos.

Resulta bastante interesante que la palabra sagrada, la santa biblia, o el evangelio, como prefieras llamarle, nos muestra en distintas y repetidas ocasiones (en especial el evangelio de San Juan) la naturaleza humana de Jesús, el hijo de Dios.

Así como nos muestra sus milagros, obras y naturaleza divina proveniente del padre, también nos muestra su naturaleza y reacciones humanas. Algunos ejemplos de ello:

Jn 11:35 cuando Jesús lloró en la tumba de su buen amigo lázaro.

Jn 12:27 el alma de Jesús se sintió perturbada al sentir que su muerte en la cruz se aproximaba

Jn 13:21 nos dice que Jesús se sintió destrozado ante la traición de uno de sus apóstoles más queridos: Judas.

Jn 19:28 nos expresa que Jesús sintió sed cuando estuvo en la cruz

Veamos otro dato curioso y relevante al episodio bíblico. Jesús, cansado del viaje, le pide a sus discípulos que fuesen a comprar comida mientras el descansaba un poco en el pozo. Claro, esto no tiene nada de divino o inexplicable, pero intentamos mostrar que él era un ser humano en toda la extensión de la palabra.

A medida que vayamos avanzando en el análisis profundo de Jesús y la Samaritana incluiremos progresivamente muchos de los milagros que realizó Jesús, por ejemplo, la muy conocida “multiplicación de panes y peces” que realizó ante una multitud que estaba sufriendo de hambre debido a la escasez de estos.

La pregunta del millón es, ¿por qué Jesús no hizo un milagro similar si tenían hambre? En lugar de enviar a los discípulos a la ciudad por comida. La respuesta a esto es que Dios no hace milagros para satisfacer necesidades propias, él, quería experimentar en carne propia cada dificultad y necesidad humana.

Es por este modo de actuar que Jesús era tan admirado y seguido, porque a pesar de poder hacer milagros, este prefería vivir como su pueblo y padecer las mismas necesidades de su pueblo.

Jesús nos enseña que debemos vivir con humildad, y aprender a hacer las cosas por nosotros mismos, no esperar que alguien más, en este caso Jesús, les resolviera la vida y saciase todas sus necesidades con sus milagros. Los milagros, los realizaba para demostrar el poder y la gloria de su padre Dios todopoderoso y eterno, y que entonces pudieran seguirle y creer en este Dios de los judíos.

Vino una mujer a sacar agua

 Quizás, desde nuestra naturaleza humana y limitada, el primer pensamiento que nos llega a la mente y que nos ofrece una razón por la cual Jesús se quedó sentado en el pozo era que “estaba agotado por el largo viaje”. Sin embargo, Jesús es muy sabio, y de hecho, tenía planes más profundos en mente.

Vamos paso a paso. Primero, ¿por qué Jesús había decidido atravesar Samaria sabiendo todos los conflictos y malos tratos que esto acarrearía? La respuesta, él sabía de esta mujer samaritana que lo necesitaba. Por supuesto, su naturaleza divina le permitía saber incluso la hora exacta en que la mujer iría al pozo por agua y poder saciar su sed.

Según se dice, el medio día, o la hora sexta como la describen en el evangelio no era la hora más idónea para ir por agua al pozo, debido al sol tan fuerte que se percibía. Sin embargo, esta mujer decidió ir a dicha hora porque sabía que nadie más lo haría, además de que como samaritana (“roba maridos”) era una mujer señalada y juzgada, además de que su actitud siempre amargada y con odio a otros miembros de la comunidad no la ayudaban.

Otra razón por la cual la mujer decidiera ir a dicha hora era para pensar y tener un momento para sí misma y conversar con Dios. En medio de su quietud, de esa soledad ella podía comulgar con él. Evidentemente, ella no había conocido al Dios verdadero, más si tenía conocimiento de su palabra. De hecho, todos en su pueblo estaban esperando la llegada de este mesías para que los orientase.

Más allá del motivo de la mujer Samaritana o la intención de Jesús, lo importante de todo esto es que de una manera u otra, ambos, debían coincidir ese día, a esa hora, y debía ser sin interrupciones o distracciones.

Es así, como damos inicio al encuentro de Jesús y la mujer samaritana. Este episodio bíblico nos muestra como Jesús de manera sencilla logra convertir a cada uno de sus fieles. Al acercarse al pozo de Jacob esta mujer se percata de que hay un hombre que está sentado en él, de apariencia judía, por lo que se dedica en silencio asacar agua del pozo.

Jesús, le habla y se muestra necesitado, la mujer sorprendida, escucha como Jesús le dice, todo lo que ella ha hecho a lo largo de su vida, esta aunque algo avergonzada es sincera con Jesús y confiesa que lleva una vida de pecado. Jesús con firmeza, pero sin juzgarla, le muestra su carencia espiritual, crea la necesidad de una nueva consciencia y contesta sin apuro y con franqueza a cada una de las dudas que angustiaban su espíritu.

Finalmente, le revela que él es el mesías, el hijo de Dios y quien salvaría el mundo. Él era ese Jesús del que todos hablan, y luego de tal revelación y de haberle expresado con lujo de detalles todos sus pecados esta se rindió ante él y creyó en lo que Jesús le decía.

Jesús le dijo: Dame de beber

Aquel día caluroso, la mujer samaritana no tenía ni idea del plan que Dios, a través de su hijo Jesús tenía para ella. Jamás, la mujer samaritana se hubiese imaginado que lo que ella pensaba que sería un día normal, terminaría en un encuentro para nada casual que le cambiaría la vida total y completamente.

Jesús, busca romper el hielo para dar pie a la conversación con la mujer samaritana mostrándose como un hombre necesitado y sediento. Esto, la hizo sentir importante, primero, porque un hombre la tomaba en cuenta, y segundo, porque era ella quien disponía de los medio (potes / baldes) para poder obtener el agua del pozo.

Algo que debemos destacar es la facilidad, la humildad y la dulzura con la cual Jesús era capaz de acercarse a cualquier hombre o mujer, sin importar si él o ella habían cometido los más atroces pecados. Jesús no buscaba deslumbrar o destacar entre la multitud por sus milagros, sino más bien, era un maestro, que intentaba mostrar que a pesar del poder debemos ser humildes y obedientes a nuestro padre.

Él sabía perfectamente que no debía actuar con arrogancia, o como los líderes religiosos y fariseos, que solo se vanagloriaba a sí mismos, eran arrogantes, déspotas y vivían humillando y despreciando a todo aquel que no “estuviese a su altura”, estás personas, eran en su mayoría su pueblo mismo.

Si Jesús, hubiese actuado como ellos o los falsos profetas, muy probablemente, al acercarse a la mujer samaritana, la hubiese señalado o juzgado, y esta se hubiese marchado, con el corazón más roto, humillada y con una coraza más dura en su corazón.

Pero Dios, que todo lo sabe y todo lo puede, y además, es muy sabio, sabe que debe acercarse a nosotros con dulzura, amor y misericordia, escucharnos, y poco a poco enamorarnos, así como lo hizo con la mujer samaritana.

Recordemos entonces el episodio expresado en He 12:18-21 cuando Dios se manifiesta a su pueblo de Israel en el monte Sinaí y todos, sin excepción, quedaron asombrados con su gloria y temblaron de miedo ante su poder.

Jesús, sin embargo, poseía una ventaja sobre su padre. Al mostrarte tan débil como cualquier otro ser humano, a pesar de que este hubiese cometido pecados graves, le permitía acercarse bajo la apariencia de hombre, por lo que no atemorizaba a la persona que requería de él.

Jesús, había pedido a la mujer samaritana que le diese de beber, pero Jesús era judío, y ella, samaritana, y debemos recordar que estos no se llevaban para nada bien, de hecho, se despreciaban. Entonces, ¿Cuál sería la motivación de darle de beber agua a tu “enemigo”?

¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?

Jesús y la samaritana: Continuando con este episodio bíblico, la mujer le pregunta a Jesús ¿Cómo es posible que siendo judío (y puro) le pida agua a ella, que es una mujer samaritana (una mujer rechazaba)?

No es ilógico pensar que la mujer se sintiese confundida, pues Jesús acababa de romper con todo tipo de convencionalismo impuesto por los hombres. Primero, Jesús era hombre y ella mujer. Segundo, era samaritana y el judío, y tercero, los convencionalismos de la cultura prohibían todo contacto entre un rabino judío y una mujer.

Pero Dios hecho carne, estaba en este mundo para romper toda regla o convencionalismo que generase distanciamientos entre los hombres, para él, todos eran sus hermanos y provenían de una misma fuente: El Padre.

Ni Jesús, ni Dios reconocen ningún tipo de frontera, enemistad o división entre los hombres, porque saben que todo hombre requiere ser salvado más allá de su raza, color de piel, religión, sexo, o cualquier otra “diferencia” que pudiesen tener. Todos somos hijos de Dios, y como tales, este siempre estará dispuesto a escucharnos y tratar con nosotros a pesar de las diferencias.

Es por ello que, aunque samaritanos y judíos no se tratasen, Jesús los trataba a todos, y por igual. La primera mujer que tuvo la fortuna de comprobar que no todos los judíos eran iguales, que algunos estabas abiertos a tratarles con respeto y sin insultos era Jesús. Pese al respeto y el buen trato, la mujer samaritana no fue capaz de complacer a Jesús en darle de beber, como le había pedido.

Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber…

 A Jesús, no le molesto que la mujer se negase a ello, evidentemente, estaba confundida, y Jesús estaba preparado para que esta lo tratase de manera desconfiada, distante y hasta de mala manera. Haciendo caso omiso a esto, Jesús decide continuar la conversación con la mujer samaritana diciéndole que él podía darle un agua que calmaría su sed y no tendría más necesidad de volver al pozo por más agua.

Entonces, Jesús, empezó a hablarle del “agua viva” y la dicha de recibir la gracia del espíritu santo a través de esta con un tono un tanto misterioso y reflexivo, al usar este tono, invita a la mujer samaritana a querer saber más y continúe escuchándole con atención.

Imaginemos por un instante que somos la mujer samaritana, y nos encontramos frente a frente con Jesús (sin saber que es el mesías y salvador de todos nosotros), y de pronto, este nos habla sobre un agua viva que puede calmar nuestra sed, el don de Dios, la gracia del espíritu santo, ¿qué le preguntarían?

Quizás, ¿qué significa este don y regalo de Dios? ¿Cómo es que esta agua vive puede calmar nuestra sed? ¿Quién es el espíritu santo? ¿qué significa recibir su gracia? Y muchas cosas más. Normalmente, nadie ofrece nada sin querer algo a cambio. Hemos aprendido a desconfiar de los demás, sobre todo si rompe con toda normativa aceptada socialmente.

No podemos imaginar cuan confundida podía sentirse esta mujer, ante la presencia de Jesús. Además, como si no fuese suficiente que le había pedido agua a ella, siendo mujer y ofrecerle luego agua viva, continúa con una frase más extraña aún, le dice: Que si ella supiera quien en realidad le está pidiendo el agua, sería ella quien suplicaría por un poco de esta.

Obviamente, en este punto, la mujer samaritana no tenía ni la más mínima idea de que a quien le había rechazado dar de beber era el mismísimo mesías del que todos hablaban en su pueblo. De haberlo sabido, probablemente hubiese actuado distinto. Pero Dios, con su bondad infinita decide darle tal regalo a esta mujer pecadora y señalada por todos, ¿se imaginan tal dicha?

Tú le pedirías, y él te daría agua viva

 Jesús le había concedido a la mujer samaritana que calmara una de sus necesidades, sin embargo, esta se negó porque no conocía con quien estaba tratando, y quizás, se sintió confundida y temerosa ante la solicitud de aquel hombre misterioso.

Si lo analizamos de manera objetiva y con cabeza fría, nos daremos cuenta que muchas veces, actuamos como la mujer samaritana, desconfiados y temerosos de quien nos está ofreciendo un regalo invaluable.

En ocasiones, nos negamos a Dios aunque este nos busque e insista en acercarse a nosotros. Mientras él se acerca con dulzura, amor y sin esperar nada a cambio, nosotros le reprochamos, nos alejamos y le reclamamos.

Dios, siempre está sentado en nuestro pozo, esperando que nosotros conversemos con él, le demos de beber, abramos nuestro corazón y estemos dispuestos a amarle, adorarle y glorificarle, porque él nos ha dado la vida y solo él conoce los anhelos de nuestro corazón y que aquieta nuestra mente, que es eso, que constantemente nos roba el sueño.

Cuando estamos intranquilos, vemos la vida como un castigo, como una carga pesada, como si todo lo que viviésemos fuese desgracia, es una señal clara de que no hemos estado en verdadera y auténtica disposición de recibir a Dios y que habite en nuestro corazón, y con la gracia del espíritu santo nos limpie desde adentro, sane nuestras heridas y produzca un verdadero cambio en nuestra vida.

Es importante destacar que el agua viva que Jesús ofrece a cada uno de sus hijos, aunque es accesible a cualquiera, solo aquellos que pidan de este manantial puro e ilimitado podrán beber de ella.

El pozo de Jacob, además de ser inmenso, estaba constantemente colmado de agua de lluvia, esta agua era buena y limpia, pero no se comparaba con el agua viva que ofrecía Jesús a la mujer samaritana.

El agua del pozo, era similar a una cisterna inmensa y limitada, dependiente de la lluvia, y aunque posee agua buena, el agua viva es agua fresca, agua abundante, infinita y brota de manera constante e ilimitada del manantial más puro que existe: Dios. Además, esta agua viva es especial porque nos ofrece bendiciones infinitas que jamás se agotan y vida eterna.

La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla

Algo que queda muy claro es que aquella mujer samaritana no lograba comprender la inmensidad del regalo que le ofrecía Jesús en ese momento. Ella, desde su inmadurez espiritual no lograba comprender el lenguaje que estaba utilizando el maestro Jesús con ella.

Por supuesto, también ignoraba el hecho de que no estaba hablando con un hombre cualquiera, sino que estaba hablando con el hijo de Dios, el mesías, el rey de reyes, el salvador del mundo y de todos los hombres que habitan en la tierra. Para ella, aquel hombre no era más que un judío sediento, necesitado, agotado y sin nada para que le permitiese sacar agua del pozo y calmar así su sed.

Las mujeres, para ese momento, en especial las samaritanas, no solo eran rechazadas, señaladas y juzgadas, sino que, además, no eran tomadas en cuenta. Debían someterse a la voluntad de sus hombres, si contradecirles o rebelarse de ninguna forma, entonces, ¿quién era ella? ¿qué tenía de especial? Y más importante aún, ¿qué habría de ofrécele? Si ella tampoco tenía nada. Lo más valioso que creía poseer era su cuerpo.

Su ignorancia, no le permitía darse cuenta que tenía todos los recursos para calmar la sed de aquel hombre, que, en realidad, era el hijo de Dios hecho carne, y mostrándose ante ella humilde, cansado y necesitado de un poco de agua.

Lo más importante en Jesús y la samaritana no es si Jesús necesitaba de la mujer, o si la mujer necesitaba de Jesús, lo más importante en todo esto era lo que podían ver el uno en el otro y percibir de sí mismos.

En el caso de la mujer samaritana, ella no veía a Jesús como un salvador o como el mesías, ella se limitaba a ver a un hombre necesitado, sin ningún medio para poder conseguir agua del pozo de Jacob y saciar su necesidad: la sed. Y se veía a sí misma como un ser sin valor o sin recurso alguno para auxiliar a aquel hombre.

Por otra parte, Jesús sabía exactamente que necesitaba esta mujer samaritana. Que era una mujer vacía y amargada, cansada de tanto rechazo y cuyo único valor (según ella) era su cuerpo. Jesús, podía ver claramente que estaba dotada con los recursos necesarios para poder ayudarlo a calmar su sed, sin embargo, su inmadurez espiritual, su ignorancia y su auto percepción no le permitían ver más allá y reconocer su verdadero valor.

Así como la mujer rechazó a Jesús, muchas veces, actuamos nosotros cuando nos negamos a creer que Dios ofreció la vida de su propio hijo, de su hijo unigénito para que muriera en la cruz por nosotros, para salvarnos. Cuando Jesús estaba en la cruz, moribundo, torturado, había sido inhumanamente tratado y maltratado, y solo pedía un poco de agua porque tenía sed (Jn 19:28) los hombres que le habían herido no hicieron más que burlarse de él y darle hiel y vinagre.

Sin embargo, al final, cuando Jesús después de una larga agonía fallece y el cielo truena con todas sus fuerzas como una muestra del dolor de Dios al ver a su hijo morir de esa manera, estos hombres comprendieron que habían cometido un error. Que habían matado al hijo de Dios. Que no era un hombre más y que todo lo que había salido de sus labios era la verdad.

Cuando fue muy tarde, los hombres, comprendieron que habían cometido el más grande de los pecados, y aunque se arrepintieron, era muy tarde. Jesús, antes de morir pidió a su padre que los perdonara porque estos no sabían lo que estaban haciendo, luego de eso, inspiró su último aliento y su cuerpo se rindió, pero su espíritu estaba más vivo que nunca.

Tres días pasaron, luego de aquel amargo y doloroso día, pero Jesús, su maestro, había resucitado, y pidió a María Magdalena, otra mujer de “la mala vida” según otros hombres, había sido la elegida por este para revelarle a todos sus discípulos y pueblo de Dios, que no había muerto, que estaba vivo, porque había resucitado de entre los muertos.

Tal vez se pregunten, ¿qué preferencia tiene Jesús con las mujeres pecadoras y de mala vida? La verdad, es que ninguna. Simplemente, que estas mujeres, a pesar de haber cometido muchos errores y creer que la satisfacción y la felicidad se obtienen a través de los placeres carnales, cuando la verdadera satisfacción se encuentra en dejar que Dios habite en nuestro corazón.

Dios, padre, hijo y espíritu santo no nos exigen ser perfectos, no les interesa nuestro pasado, ni nuestros pecados. Lo importante para ellos es que estemos dispuestos a cambiar, que nos rindamos ante ellos, que le temamos a su grandeza y poder.

Jesús se revela ante estas mujeres por distintos motivos. Ante la mujer samaritana porque lo necesita y además, ella sería la prueba que demostrase que Jesús se encontraba entre ellos. Pasar de ser una mujer amargada, dolida y con odio hacia los demás, a compartir con otros su vivencia con alegría y gozo, era una señal de que Dios realmente había obrado en ella.

En el caso de María Magdalena, Jesús se revela ante ella primero porque a pesar de su pasado, ella había demostrado mayor devoción, amor y temor de Dios. Había demostrado realmente haber cambiado y no tuvo miedo de salir e ir a ver a Jesús a la tumba, mientras los discípulos, temerosos no hicieron más que esconderse por temor a terminar de la misma manera, padeciendo y luego, muriendo en la cruz, como había pasado con su maestro.

Aun en estos tiempos actuales, en ocasiones, continuamos actuando como los discípulos, con temor y escondiéndonos, e incluso, negando a Dios como nuestro señor y salvador. Negando a Cristo, como agua viva, y fuente de vida eterna. Nos sentimos independientes y auto suficientes, que somos capaces de lograr las cosas por nuestros propios méritos.

Hay otros, que son quizás, peor que los anteriores, pues estos reconocen que necesitan de Dios, más sin embargo, tienen un nivel de egocentrismo y auto adulación tan grandes que creen que como seres humanos le están haciendo un favor inmenso a Dios, al someterse a su voluntad o al seguir su ejemplo. En cualquiera de los casos, ambos poseen gran ignorancia e inmadurez espiritual.

Nosotros, como seres humanos, queramos aceptarlo y reconocerlo o no, siempre, necesitaremos de Dios, de su palabra, de su guía, de la fortaleza que puede brindarnos en los momentos difíciles, de la esperanza, que nos ofrece a través de su palabra, y de la calma, que nos da en los momentos más tormentosos. Así que no lo niegues, y ríndete ante él, acéptalo, arrepiéntete de corazón y mantente siempre en actitud dispuesta para recibirle y adorarle.

¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob?

La mujer samaritana, parecía haber comprendido al fin la grandeza y el poder de ese hombre que se encontraba frente a ella y que además estaba necesitado. Tal vez, sintió temor y por eso se mostró de manera defensiva preguntándole si acaso era más grande que su padre Jacob, quien además había construido el pozo en el cual todos sus hijos y ganado habían calmado su sed.

La samaritana, no dudo ni por un momento en hacer la comparación entre Jesús y Jacob, y evidentemente, colocarlo como un ser inferior ante este.

Esta mujer samaritana no podía entender quién era este hombre joven y además judío que aparentemente se creía más poderoso que Jacob y le ofrecía un agua viva, vida eterna y un Dios el cual ella no conocía. Quién era ese hombre que decía y además con tanta seguridad que era más poderoso que los hijos que descendían de Efraín y Manases.

Para los samaritanos, Jacob representaba el “padre” de toda una nación judía, el reconocimiento y respeto hacia este era bastante grande, entonces, ¿de dónde había salido este hombre que se auto proclamaba más poderoso que Jacob? ¿cómo era capaz de afirmar tal cosa?

Muy en el fondo sabía que este hombre no mentía, pero continuaba teniendo miles de dudas en su corazón.

Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed

 La respuesta contundente y segura que le había ofrecido Jesús a la mujer samaritana le había hecho comprender que este hombre le hablaba con la verdad, y ahora, no tenía duda alguna de que era incluso más grande y poderoso que Jacob.

Lo primero que Dios decide demostrarle a esta mujer samaritana es que el agua del pozo, aunque es buena, nunca logrará calmar la sed que sienten, ¿por qué? Porque esta agua es como los bienes materiales. No importa cuántos bienes materiales poseamos, nunca serán suficientes, siempre necesitaremos más para intentar llenar nuestros vacíos, en este caso, esos vacíos serían la “sed”.

Jacob, no era más que un hombre como todos los demás, y lo único que era capaz de ofrecerle a otros desde su naturaleza humana era objetos y cosas materiales, pero nada más. Lo material, al igual que el agua del pozo, nos da sed, nos deja con ganas de más, pero nunca logra satisfacernos completamente.

En cambio, el agua viva de Jesús nos quita la sed de golpe, nos cambia, nos limpia, nos purifica, no renueva. Nos ofrece un “agua” distinta, que nos brinda además vida eterna, y nos hace sentir llenos, plenos, colmado de gozo.

La vida en la actualidad está basada en el materialismo, el consumismo y en competir a ver quién tiene más y así mostrar nuestro “poder”, sin embargo, fracasamos una y otra vez al pretender llenar nuestros vacíos con cosas.

Llegado a este punto, la mujer entonces empezó a cambiar su pensamiento y a preguntarse, si realmente estaba feliz y satisfecha con la vida que hasta ahora había llevado, si los placeres carnales, le estaban ofreciendo esa felicidad que ella tanto anhelaba, ¡por qué todo el tiempo estaba inquieta, amargada y odiaba tanto a otros? Entre muchas otras cosas más.

Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás

Jn 7:37-39 nos dice que Jesús se había puesto de pie y dijo a todos que quien tuviese sed se acercase a él y bebiera. Y quien creyese en él y en su palabra en su interior fluiría una fuente infinita de esta agua viva. Tenemos la dicha de que su promesa, aun hoy, sigue vigente.

Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla

 Jesús, había logrado al fin que la mujer sintiese curiosidad y deseara saber más sobre esta agua viva y gracia del espíritu santo de la cual hablaba este mesías. Sin embargo, ella seguía sin comprender el lenguaje que estaba utilizando Jesús para referirse al agua no como algo físico, sino como un concepto espiritual. Esto nos demuestra que cuando somos inmaduros espiritualmente, ni que nos explique el mismo Jesús lograremos comprender su mensaje.

Jesús le dijo: Vé, llama a tu marido, y ven acá

 De pronto, el maestro Jesús cambia radicalmente la conversación y le pide a la mujer samaritana que llamase a su marido y luego regresase al pozo, ¿realmente era necesaria la presencia de este? La verdad es que no. Simplemente, Jesús quería probar si esta le respondería con sinceridad o no.

Tener un encuentro íntimo con Dios no requiere más que nuestra disposición y corazón abierto para ello. Aunque la persona este casada (que no era el caso de la mujer samaritana), no es necesario la presencia de nuestro esposo o esposa, o cónyuge para poder conversar con Dios y pedirle que nos auxilie.

El propósito que muchas veces tiene Dios para nosotros no logramos comprenderlo, es por ello, que antes de poder recibir los dones y gracia del espíritu santo y gozar de las bendiciones que Dios nos ofrece es importante arrepentirnos y asumir que hemos pecado, que nos hemos equivocado, e imploramos su perdón.

La mujer samaritana, al igual que cualquiera de nosotros tenía cuentas por rendir a Dios, es por ello, que Jesús revela todos sus pecados y estilo de vida, pues esto, representaba la mayor de las cargas para esta mujer, y como dice Dios a través de su palabra, debemos dejar el pasado en el pasado y no pensar más en ello. Y el fracaso en el matrimonio y su vida adultera eran los mayores causantes del dolor y el gran vacío de esta mujer.

Su vida, era un libro fácil de comprender para Jesús, por lo que no pudo de ninguna forma contestarle con mentiras, sino arrepintiéndose por su dolorosa y penosa verdad. Jesús utilizó esto como un recurso para demostrarle que su necesidad de perdón y purificación eran inmensos.

Respondió la mujer y dijo: No tengo marido

La mujer samaritana se confesó ante el hijo de Dios diciendo: “no tengo marido”, arrepentida, avergonzada y temerosa de ser expuesta y juzgada una vez más. Jesús admiró su respuesta, pues estaba siendo honesta, aunque a medias, porque en realidad, esta había compartido su cuerpo con varios hombres, y para ese momento, compartía con otro, con quien tampoco tenía relación formal, simplemente, era una relación sexual.

Cuando la persona empieza a sentir vergüenza y culpa, cuando reconoce sus errores y acepta sus pecados, entonces es cuando Jesús obra, nos persona y sana. Jesús, es como un médico para nosotros, por tanto, cuando nos sentimos mal ¿a dónde acudimos? Al médico, ¿y quién es el único “médico” capaz de sanar nuestro espíritu? ¡Jesús!  (Lc 5:31-32).

Esta mujer era tan herida profundamente, que más allá de su vida en pecado su amargura y tristeza eran consecuencia de sus continuos fracasos en cuestiones de amor y matrimonio. El rechazo de sus vecinos, sus señalamientos, todo eso la atormentaba, la hacía sentir mal consigo misma, por ello, intentaba olvidar todo esto compartiendo su cuerpo, pero nada de esto funcionaba.

En la actualidad, algunas acciones que antes parecían impensables y eran imperdonables han empezado a ser tomadas como conductas “normales” y hasta están siendo aceptadas por la sociedad.

Por ejemplo, es muy común ver jóvenes que no están casando viviendo en pareja sin estar casados. Personas, que evitan a toda costa el matrimonio, para estos, el matrimonio implica, pérdida de libertad y autonomía, cuando nada más alejado de la realidad. Algunos otros, se casan y se divorcian como si un cambio de look se tratase.

En realidad, muchos valores se han perdidos, y es un tema sobre el cual debemos reflexionar. Si, Dios nos hizo libres, pero también, no desea que vivamos una vida de pecado, lujuria y placeres desenfrenados. La libertad, se ha convertido en libertinaje, y esto, no podemos ni debemos aceptarlo como “normal”, muchos menos si nos hacemos llamar cristianos.

Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta

La revelación de la mujer y su vida pecaminosa fueron la prueba irrefutable de que este hombre era mucho más, era un profeta, ¿quién más podría conocer tantos detalles de su vida íntima sin siquiera conocerle?

La mujer samaritana no pudo negar lo que Jesús le había revelado sobre su vida, sin embargo, sintió asombro ante ello. Los samaritanos creían solamente en los cinco primeros libros que mostraba la biblia, a esto lo llamaban Pentateuco,

He 4:13 nos dice que, ante los ojos de Dios, que es el único ante quien debemos rendir cuentas, no hay espacio para las mentiras, pues él nos creó, nos conoce profundamente, incluso, mejor que nosotros podemos conocernos, y sabe lo que hay en nuestro corazón. Dios sabe, todo lo bueno, lo malo, y lo que hemos callado con nuestros labios, así que ante él, nuestra única opción es ser sinceros, arrepentirnos e implorar su perdón.

Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén…

Como seres humanos, imperfectos y en ocasiones, con resistencia a sumir nuestras responsabilidades, cuando se nos revela una verdad de tal magnitud intentamos negarla, ocultarla o simplemente disimularla. En el caso de la mujer samaritana, intentó cambiar la conversación preguntándole a Jesús que donde debían adorar entonces a ese Dios del que este hablaba.

Vosotros adoráis lo que no sabéis

Dios nos expresa claramente, que no debemos adorar a otros dioses, y nos reclama, que muchas veces adoramos lo que incluso ni conocemos bien. La pregunta es, si existe solo un Dios verdadero ¿cómo es que existen tantas Iglesias y religiones? Y además, todas afirman que lo que profesan, es la verdad absoluta.

Lo que podemos decir de esto es que si no conocemos la palabra de Dios entonces no podemos adorarle como él lo desea.

Porque la salvación viene de los judíos

Una cosa es que Dios sea compasivo, bondadoso y amoroso, pero como todo Padre, debe ser firme en sus palabras cuando la situación lo amerita. En el caso de Jesús y la samaritana, este le reveló que en Jerusalén era donde debía adorarse a Dios, es decir, le había dicho de manera frontal que ellos, estaban equivocados y que solo estaban adorando a dioses paganos, y tal acto, no era de su agrado. Y el salvador que estaban esperando no era de procedencia samaritana, sino judía.

Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías

Ante tantas revelaciones, sinceridad y firmeza, la mujer samaritana, confiaba cada vez más en que Jesús era el verdadero mesías. Incluso, esto llegó a ser tan claro para ella que cuando los discípulos finalmente regresaron y ella se retiró a su pueblo, gozosa y llena de alergia invitó a su pueblo a conocer a Jesús, el mesías que habían esperado.

En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer

Quizás, en nuestros tiempos actuales que un hombre converse con una mujer es considerado normal, pero para la época de Jesús, hacer esto, no era permitido siquiera por un esposo con su esposa. Es por ello, que aunque los discípulos se asombraron ante tal acto, no hicieron comentario alguno a su maestro.

Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad

El corazón de la mujer samaritana estaba por primera vez colmado de gozo, alegría y amor, así que decidió dejar su cántaro en el pozo y correr a su pueblo, para contarles a todos sus vecinos lo que acababa de vivir, y por supuesto, invitarlos también a conocerle, escucharle y seguirle.

Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?

La mujer pudo haberse engrandecido diciendo que ella había encontrado al mesías, sin embargo, con humildad y sutileza, les invitó a conocer a un hombre que le había revelado todo cuanto había hecho y les preguntó si sería este el Mesías del que habían escuchado. La mujer samaritana había demostrado sus dotes evangelistas, sin tener conocimiento de ello. Días después, muchos se convencieron de que Jesús era el mesías (Jn 4:42).

Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come

Si Jesús había pedido a sus discípulos, ¿por qué no quería probar bocado luego? La razón, es que continuamente este les demostraba con hechos verdades sobre el reino y su misión. En esta ocasión, Jesús no prueba bocado alguno y les dice a sus discípulos que su alimento es cumplir la voluntad de su padre. Ahora sabemos el porque es importante ayunar.

Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra

 Cuando Jesús predicaba la palabra, cumplía la voluntad de su padre y para él no existía alimento más divino que este. En realidad, cuando estaba evangelizando Jesús no sentía, hambre, sed o cansancio, solo gozo y alegría. Quizás, unos no comprendan esta actitud, y otros, desearían hacer lo mismo.

Predicar a la mujer samaritana y luego al resto de su pueblo para que estos le siguiesen era solo la primera parte de la voluntad, lo que vendría luego, era lo más difícil, aceptar entregarse para morir en la cruz.

Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega

En realidad, Jesús no se refería a los campos, sino más bien al pueblo de Samaria, que ya estaba listo, y estaban dispuestos a seguirle, buscarle y escucharle como espigas de trigo maduras para la cosecha.

Para que el que siembra goce juntamente con el que siega

Dios nos habla de los que siembran, haciendo referencia a los profetas, quienes deben ser fuertes y prepararse para predicar y ser rechazados por oídos necios, y poder generar conciencias renovadas.

Los que siembran, tienen una labor importante, aunque aparentemente “pierden” los granos, sin ellos, no podríamos ver siembra.

Los que siegan, son quienes recogen los frutos gozosos. Estos saben que todo esfuerzo al final es recompensado.

Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer

Jesús había hecho su “siembra” en aquella mujer samaritana, y los discípulos debían prepararse para la gran cosecha, ¿cuál? Todos los samaritanos que estaban dispuestos a seguirles de ahora en adelante.

Nunca creas que eres muy pequeño o insignificante para compartir tu mensaje, predicar la palabra de Dios. Todo acto, por pequeño que sea genera un gran impacto, y si siembras, cosecharás.

Y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos

El testimonio de la mujer samaritana fue vital para lograr la conversión de su pueblo. Ellos creyeron por vez primera al ver los cambios asombrosos es la mujer, y luego, creyeron aún más cuando tuvieron un encuentro directo con él.

Jesús sana al hijo de un noble

 Luego de dos largos días de predicación a los samaritanos, Jesús y sus discípulos llegan finalmente a Galilea. Había una fiesta, sin embargo, no todo era alegría, pues el hijo del Rey estaba enfermo.

El Rey, había escuchado de Jesús y sus milagros, así que corrió en busca de este y rogó que sanara a su hijo. Sin embargo, Jesús le dijo que estuviese tranquilo, que su hijo había sanado. El Rey, creyó en sus palabras y al volver, todos le recibieron con alegría exclamando que su hijo estaba bien y sano.

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